lunes, 20 de junio de 2016

Carlos Taibo, de paso por Santiago


La casa Volnitza abrió sus puertas al encuentro con uno de los pensadores anarquistas contemporáneos más lúcidos en materia de ecología social y prácticas libertarias. El día viernes 17 de junio, nos reunimos atendiendo a una inesperada convocatoria: el profesor Carlos Taibo se encontraba de paso por la región chilena y estaba dispuesto a compartirnos su palabra.

Unas ciento cincuenta personas nos reunimos en el reducido espacio de la casa para atender a la exposición del orador y autor de una prolífica obra historiográfica y de análisis político. Y si la intervención del compañero Taibo fue esclarecedora, las intervenciones que se sucedieron en la ronda de preguntas fueron aún más demostrativas de que en esta región que habitamos, no sólo hay una sed de reunión y de encuentro sino de asumir los aportes ideológicos para adaptarlos a una lucha con identidad e historia propia. En este sentido, la mayoría de las y los jóvenes asistentes hicieron énfasis en la comprensión de un contexto de desarrollismo extractivista que impone el priorizar la lucha en defensa de los territorios. Esto supone, sin dudas, un considerar las prácticas y formas organizativas autonómicas de nuestras comunidades originarias.

Compañeros de distintas iniciativas libertarias se hicieron presente en este encuentro con la palabra. Así, cabe mencionar a los compañeros de la Editorial Eleuterio, La Conquista del Pan, el Sindicato de Oficios Varios de Santiago y otras organizaciones cercanas al sindicalismo revolucionario. Entre todos construimos un ambiente distendido y de grata retroalimentación, el más propicio para atender a nuestras diversas perspectivas. Por esa noche, la capital del cielo nublado de gases que no ha podido con los pulmones de tantos jóvenes sedientos de libertad, se rindió ante el ceremonioso silencio de una muchachada que atiende a los encuentros formativos que reconoce verdaderamente emancipatorios. Así, un evento que entre las blancas paredes de un cláustro pudiese ser considerado protocolarmente académico, en los espacios de la casa Volnitza se puede tornar en práxis de educación libertaria, una educación que es capaz de reunir a estudiantes y trabajadoras en formas organizativas que plantean un horizonte sin jerarquías.

Es por ello que apelamos a la multiplicación de estas iniciativas. La educación es un proceso de socialización. Y esa socialización debemos procurárnosla con criterios propios, prestando atención a nuestro contexto y ejerciendo la crítica transformadora. Si los centros que se pretenden educativos (y ejercen mero adoctrinamiento), privados y/o estatales, cierran sus puertas a nuestra formación integral, forjemos nuestra humanidad más digna al margen de toda estructura opresiva, en el seno de iniciativas libertarias que logren federarse y apuntalar una profunda y verdadera transformación social. Construyamos anarcosindicalismo en cada centro de trabajo, forjemos idea transformadora en cada toma, avancemos hacia la libertad, que es la libertad de todos y todas.

Lo que sigue es una grabación de aquel encuentro que produjo a Taibo una grata impresión. Ojalá se repita. Y ojalá en esa repetición, la voz de nuestras compañeras se sobreponga a los esfuerzos invisibilizadores del ego macho para explicar por qué, en estas regiones, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar.

Nos lo debemos, compañeras.

Salud y Anarquía


martes, 7 de junio de 2016

Las yanaconas verde olivo


Una mujer transita, agobiada por los trámites de la cotidianidad, por calles que exhudan hedor a gases, que vibran al ritmo de una ardorosa lucha protagonizada por el movimiento estudiantil de la región chilena. Ella transita sin saber que su vientre también forja rebeldías silenciosas. Sin embargo es capaz de mirar de frente el grito de quienes pugnan por sostener su digna existencia, y atendiendo a su sentido de la justicia, acude en defensa de los niños agredidos por la policía. Es entonces cuando otra mujer, una que no está allí para forjar nada sino para reducirlo todo, una que jamás supo de dignidades ni de rebeldías... esa, una que se hizo policía, se planta ante la mujer con sed de justicia y a patadas fractura la vida que crecía en el vientre de María Paz, la mujer que transitaba por las calles de la injusticia.

Tiare Vergara es el nombre de la funcionaria de Carabineros de Chile que causó un aborto a María Paz Cajas. Tiare Vergara es el vivo ejemplo de lo que ningún ser humano con mínimo sentido de la justicia y respeto por la dignidad humana querría ser, una mujer policía, un perro guardían de la clase dominante, una bestia cebada con la sangre de los pobres. Es bueno mirar de frente a estos seres, saber sus nombres y ver cómo se empequeñecen ante nuestros ojos, condenarles con nuestro más absoluto desprecio, que es el desprecio de quienes nos resistimos a la corrupción que supone el ejercicio del poder político.

No pasó una semana de este penoso evento hasta que tuvimos noticias de que un contingente de Carabineros de Chile intentó desalojar de forma violenta una toma en colegios de Ñuñoa, hiriendo a dos niñas con balines de goma con centros de metal. La rápida intervención del director de uno de los colegios en toma, evitó que las bestias verde olivo se ensañaran contra los cuerpos de las niñas.

Pero la euforia de los represores no conoce frenos. El día sábado 4 de junio, Carabineros de Chile asistió al desalojo de la toma del liceo de niñas de Concepción y allí se ensañó contra una joven que recién cumplía la mayoría de edad. Constanza Vargas fue golpeada, vejada, insultada y torturada por funcionarias de Carabineros de Chile. Las motivaciones lesbofóbicas que prevalecieron en el trato que las carabineras dieron a Constanza, no sólo evidencian la profunda misoginia que abraza a estas funcionarias, sino que develan el funcionamiento de toda una estructura patriarcal capitalista que no habrá de ofrecer tregua jamás a quienes se le resistan. Tan es así, que hoy Constanza Vargas está siendo formalizada por 'maltrato a Carabineros'. Sí, en el mundo del revés, los pájaros le disparan a las escopetas y una niña reducida por la fuerza policial, 'maltrata' a todo un contingente de torturadoras verde olivo. El manotazo que en medio de la resistencia a la opresión de su brazo, dejara caer Constanza contra el cuerpo de la funcionaria Tatiana Melo, valdría que la injusticia chilena viera en la víctima a una cruel agresora.

“Me decían ‘hácete la chora ahora’ […] Yo tenía un aro en la nariz que primero intentaron sacármelo con un corta uñas. Al no lograrlo probaron con un alicate tirándome el aro, de manera que me sangró la nariz y mientras me recogía en el suelo, se burlaban y se reían. Me tuvieron en eso alrededor de 20 a 25 minutos, además se acercaban a mí con amenazas de que me iban a pegar si yo me hacía la chorita, y si decía algo más, me sacarían la cresta entre las cuatro. Cerca del lugar había una capitana que solo estaba viendo la situación y no hizo nada, a pesar de que me vio llorando del dolor”.

Y nada haría la mujer que aspiró conquistar la igualdad mediante el derecho a matar. ¿Qué podría hacer una capitana sino avalar con su silencio y gestión, el ejercicio torturador de las bestias que habitan el corral que le dieron a administrar? La moral de capitana, esa que no tuvo María Cajas, es la que debemos expulsar de nuestra sociedad. Por ello, las mujeres con conciencia feminista nos concentraremos este miércoles 4 de junio a las 18 hrs en Paseo Ahumada para elevar nuestro grito antipatriarcal y anticapitalista contra una institución inherentemente machista como lo es Carabineros de Chile. Que escuchen todas las funcionarias y funcionarios que en esa institución reptan:

¡NINGUNA AGRESIÓN SIN RESPUESTA!

sábado, 21 de mayo de 2016

Yo también soy inmigrante y evado el Transantiago




El día que me siente junto a una señora racista que venga a descargar sobre mi cuerpo de trabajadora inmigrante la culpa ficticia de que una empresa del neoliberalismo no esté recibiendo las suficientes ganancias, ese día juro le recitaré a gritos mis razones:

Evado el Transantiago como evadiría el Metro de Caracas, el Transmilenio Bogotá o el Subte en Buenos Aires. Y lo haría con plena conciencia de que ante cualquiera de esas empresas, es la misma clase capitalista la que nos esquilma por sin distinto nacional.

Evado el Transantiago porque lo que me pagan por trabajar de lunes a sábado y dos domingos al mes es un salario mínimo, del cual se me descuentan cotizaciones a una AFP que habrá de dejarnos en la miseria a usted y a mí.

Evado el Transantiago porque si lo pagara, tendría que destinarle a Metro Sociedad Anónima el equivalente aproximado a un 20% de mi salario de trabajador inmigrante. Y yo pendeja no soy, ¿usted sí?

Evado el Transantiago porque si no lo hiciera, no alcanzaría a pagar el costo del arriendo del cuarto en el que duermo unas pocas horas antes de ir a trabajar cada día.

Evado el Transantiago porque con esos setecientos pesos le compro una marraqueta al trabajador que vende en la esquina y me voy desayunada a la pega.

Evado el Transantiago porque me niego a ser esclava enajenada de la clase capitalista que se enriquece cobrándonos por trasladarnos a los lugares en donde nos roba la vida.

Evado el Transantiago y lo seguiré haciendo, tal como lo hace el resto de la clase trabajadora en Chile que tiene plena conciencia de que los ladrones no somos los inmigrantes sino la clase dominante.

Evado el Transantiago porque defiendo mi salario.
Y eso, lo aprendí en Santiago.

viernes, 26 de junio de 2015

Yo canto a la diferencia



Este mi relato es una ofrenda a la conciencia
de mis compañeras de viaje en bus,
de mi compañero de viaje
y de quienes me han despedido
en las terminales


Antes del punto y la raya, moverse era lo común. Migrar no era ni un acto para presumir valentía ni una razón para la cursilería. Sólo tras la constitución de los estados-naciones, las fronteras, los pasaportes y visados se hicieron la norma. Quedamos así supeditados a los límites impuestos por las burguesías que se suceden en el poder y atendemos a ellos en nombre del escudo, la bandera, el himno o cualquier iconografía nacionalista promovida desde la escuela. Cantamos y lloramos una ficción nacional. Fuimos hijos de la tierra. Somos hijos del papel sellado.

Decidí partir. Por muchas razones partimos.
'Partimos para ver el otro lado de la aurora', canta el poeta árabe.

No planifiqué convertirme en migrante. Y sin embargo los eventos se sucedieron de modo que me vi con mi mochila y una almohada en la terminal de Rutas de América, en Caracas. A mi alrededor, hombres y mujeres, trabajadores todos, alistaban los últimos detalles para su embarque, besaban a quienes dejaban en la vorágine caraqueña y lloraban una partida tal vez definitiva a sus lugares de origen. La Venezuela de Chávez, que en un principio acogió tan bien a todo 'hermano latinoamericano' ya no anda tan bondadosa (ni con el propio ni) con el foráneo, ni siquiera con el que gusta del 'turismo revolucionario'. Por eso el hombre que va sentado a mi derecha se regresa a su Perú natal tras 20 años de trabajo en Venezuela. Siente que ya no puede estirar su salario de obrero para mantenerse y dar apoyo a la mujer y los hijos que deja. “Yo los mando a buscar en lo que me instale”, se promete en voz leve.

A mi izquierda viaja un hombre venezolano que irá a Quito -de paso- por razones que no alcanza a explicarme con certeza. Es un hombre de unos cincuenta y cinco años y me explica desde “el mérito de mi formación como ingeniero”, todo el descalabro de la industria eléctrica nacional. “La culpa es del chavismo -sentencia- que no atiende al principio de la meritocracia”. Mi ignorancia en lo que a la historia de la industria eléctrica se refiere es mucho mayor que yo, pero no desconozco los muchos casos de corrupción protagonizados y avalados por el chavismo que dieron al traste con diversas empresas e iniciativas colectivas. Pienso que el viaje promete ser largo y no quisiera lidiar con los efectos de un conflictivo debate sobre la meritocracia y su carácter principal a toda desigualdad social. Así que opto por escuchar sus razones y contener las líneas de expresión en mi rostro. El chavismo nos robó la razón a todos, en un momento u otro, en mayor o menor grado. ¿Quién puede afirmar que salió ileso del chavismo?

La guardia nacional bolivariana hizo bajar del bus a una mujer joven con documentos colombianos. Su 'falta' era no portar la tarjeta de vacunación, eso le argumentaron. Sin embargo, cuando la mujer volvió al bus y los pasajeros indagaron la causa del retraso que a todos nos afectaba, ella contestó: “Nada, que soy colombiana. Me habrán visto cara de guerrillera”. Esa misma muchacha nos contó que su infancia fue testigo de los horrores del desplazamiento. Tanto el ejército como la guerrilla llegaban a los pueblos sirviéndose de lo que estos producían, desde las legumbres hasta los hijos. Venezuela también expulsa a 'la hermana Colombia' entre eufóricos alaridos de xenofobia institucionalizada. ¿El Orinoco y el Magdalena se abrazarán entre canciones de selvas?

El señor Manuel pertenece a la flota Rutas de América. Por lo bajo, achicando el tono segundos antes festivo, este hombre nos cuenta-confiesa que sólo una vez en muchos años de viaje, la guerrilla colombiana detuvo un bus en tránsito por el 'atajo' que tomaba la empresa. “Nos bajaron a todos, nos dieron una charla y, rifle en mano, nos pidieron una colaboración voluntaria.” Quien ha sido tocado por las 'sutilezas' del autoritarismo, suele contarlo siempre en voz muy baja. Pero un día la palabra romperá nubes.

Antes de cruzar la frontera Colombia-Ecuador, sentí descender la sangre de mi útero. Fui al baño del puesto migratorio colombiano, pero la mujer que vendía papel higiénico frente al lugar me impidió la entrada. “No tengo dinero, pero necesito el baño con urgencia”, le dije sinceramente. Ella se atravesó en la puerta y me dijo: “Acá las cosas no son así. Si no paga, no entra”. “¿Y es que no es este un baño público?”, le repuse. “Es público, pero no gratuito”. Me sangró hasta la conciencia de clase. Llegué a Ecuador partida por la mitad.

“Últimamente vienen muchos compatriotas suyos. Por ese tema de las divisas”, me dice sonriente el dueño del hostel quiteño en el que decidí pasar la noche. Supongo que querrá saber si vengo por las mismas razones. Supongo que querrá ofrecerme algún lugar idóneo para 'raspar cupo'. Sólo entonces y como reacción defensiva de lo que tontamente considero íntegro, verbalizo mi verdad sin dolor alguno: Yo estoy emigrando.

El taxista que me llevó hasta la terminal de Quitumbe me habló del sueño integrador de Bolívar y dijo que le dolía mucho la situación de Venezuela, que era el momento justo para demostrar 'solidaridad latinoamericana'. “Los venezolanos acá son bienvenidos” dijo y dibujó para mí los más gratos panoramas que su imaginación pudiera brindar, “por si usted, mija, quisiera instalarse acá”. Si todos los discursos usaron la vocación solidaria de los pueblos para elevar al mismo tiempo promesas y traiciones, ¿cuántas otras vueltas dará la noria? ¿No será acaso el momento justo para comenzar a descreer para crear? ¿La solidaridad de los pueblos puede estar en consonancia con los intereses de las burguesías que nos gobiernan? Que ningún discurso 'latinoamericanista' nos estafe de vuelta. La integración que quieren los de arriba se llama IIRSA y a nosotros nos basta con sabernos hijos de un mismo despojo. Yo abracé la inocencia de Vinicio, el taxista quiteño, pero supe que ella no nos salvaría.

En el bus que parte de Lima hay una clara mayoría de migrantes colombianos. Entre ellos destaca una pareja de recién casados. Tienen la piel tan negra y brillante como el azabache y se les nota en constante nerviosismo. Una amiga de ellos se acerca a mí para conversar y no puede evitar hacer referencia a los jóvenes: “Tienen miedo de que no los dejen pasar. ¿Te has fijado cómo los miran?” Y sí, aquel par lograba arrastrar consigo las miradas de quienes poca negrura han visto en sus playas. La amiga colombiana, trabajadora de una empresa de diseño gráfico, me habló con dolor del racismo vivido en la región chilena: “Creen que una emigra porque se está muriendo de hambre y quieren tratarnos como a putas.” Entonces sentí que había cuota de exageración en aquella dolorosa exclamación. Luego me asomé a un 'Café con piernas', escuché hablar de 'las culombianas que colman las noches de Santiago', miré las crónicas del fútbol Venezuela Vs Colombia en la televisión pública chilena (Se trataba de medir qué cuerpos se ajustaban mejor al estereotipo aceptado, si el de las mujeres venezolanas o el de las colombianas) y constaté la asquerosa estereotipación de la mujer caribeña en el sur. Un racismo que sumado al sexismo, multiplica el hedor.

La mujer alta y delgada que trabaja de camarera regresa a Chile con los dos hijos que ocho meses atrás había dejado a cargo de la abuela en Colombia. Ahora que ha logrado estabilizarse, vuelve a ser la cuidadora de los suyos. En la mirada que deja reposar sobre sus niños hay algo de asombro conjugado con mucha ternura. A su niña le está cambiando el cuerpo y ya la escualidez empieza a cobrar redondeces. Y a su niño le cuesta serenar la angustia de un viaje tan largo. Además los agobia el mareo y el dolor de panza. Les ofrezco una manzana y la sonrisa es breve, de justa cortesía, como las palabras reverenciales de aquella tonada vecina.

Mientras pasábamos la costa peruana, una de mis compañeras de viaje verbalizó mi justo pensamiento: “¡Qué mar tan feo!” Juzgábamos así, con nuestros ojos caribe, las aguas que nos dieron a probar el más delicioso ceviche. Nadie es inmune al terruño. Ahora descendíamos del bus y quizá de tácito y común acuerdo ninguna se animaba a mirar el cielo para evitarnos el juicio. Sería el cielo de Santiago nuestro nuevo cobijo, con sus grises y sus chisgarabíses. Tendríamos, como la Violeta, que elevar un canto a la diferencia.